Las adicciones son patrones de comportamiento repetitivos que generan malestar y ante los cuales la persona  pierde la capacidad de control, ya sea en la cantidad, en el tiempo o en la forma que  consume.

Si bien las adicciones a las sustancias han sido las más conocidas, en los últimos años  las llamadas adicciones sociales (móvil, internet, juego, personas…) han proliferado mucho.

Este tipo de adicciones son más sutiles y más difíciles de identificar en tanto que muchas de ellas están reforzadas socialmente.

Las adicciones sociales pueden ser síntoma de una crisis vital personal, fruto de periodos de ansiedad o pueden estar ligadas a patrones vitales más arraigados desde la infancia.

El consumo, ya sea a sustancias, personas o situaciones sirve como una forma de contener o evitar asuntos personales no resueltos. La persona en cierto sentido se refugia en estos comportamientos como una forma de escape transitorio, una “huida hacia adelante”. La adicción permite a la persona por un tiempo albergar la fantasía de que todo va bien en su vida.

Una vez empezado el “trance” del consumo la persona automáticamente se olvida de todo aquello que le preocupaba. A medida que se repite el proceso de escape, se va consolidando la adicción, ya sea a una sustancia, comportamiento o persona. Una vez instalada la adicción, los mecanismos de negación pueden ser muy fuertes, en tanto que están camuflando conflictos cada vez más grandes sin resolver.

El trabajo con las adicciones requiere un fuerte compromiso por parte de la persona ya que implica atravesar las fases del síndrome de abstinencia y las posibles recaídas. En mi forma de trabajo con las adicciones se diseña un plan de acción, para que la persona vaya identificando cada vez mejor los patrones que le llevan al consumo y pueda prevenir antes la recaída.

Por otro lado, es preciso centrarse también en la solución. Ello implica trabajar  sobre como la persona puede obtener satisfacción a través de otros canales alternativos a su adicción.

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