Durante años nos han repetido la misma promesa disfrazada de esperanza:
“Cuando encuentres a la persona adecuada, todo encajará. Dejarás de sentir miedo, inseguridad, dudas. Te sentirás por fin en paz.”
Y esa idea, que suena tan reconfortante, se ha convertido en uno de los mayores malentendidos emocionales de nuestra época.
Porque no solo es inexacta.
Es peligrosa.
Nos hace creer que la estabilidad emocional es algo que alguien más debe proporcionarnos.
Que la serenidad llega de fuera.
Que la calma depende de otro ser humano.
Y ahí comienza el conflicto invisible que tantas relaciones arrastran en silencio.
La fantasía moderna del “apego seguro perfecto”
Vivimos en una cultura que ha romantizado la seguridad emocional hasta convertirla en un ideal casi mágico.
Películas, redes sociales, canciones, discursos motivacionales… todos parecen sugerir que existe una persona que:
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Siempre entenderá lo que sientes.
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Siempre sabrá qué decir.
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Siempre estará disponible.
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Nunca te fallará.
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Nunca te hará sentir inseguro.
Pero la experiencia humana real no funciona así.
Ninguna persona puede sostener a otra de forma ininterrumpida.
Nadie puede anticiparse siempre.
Nadie puede estar emocionalmente disponible el 100% del tiempo.
Y nadie, absolutamente nadie, puede cumplir el papel de regulador emocional constante de otro ser humano sin fracturarse en el intento.
Sin embargo, seguimos esperando ese ideal como si fuera un derecho natural.
Y cuando no ocurre, no cuestionamos la idea.
Cuestionamos a la persona.
El impacto silencioso en quienes buscan certeza absoluta
Hay perfiles emocionales que sufren este mito con mayor intensidad.
No porque amen más.
Sino porque aman con miedo a perder.
Cuando alguien ha aprendido a vincularse desde la ansiedad, no solo busca conexión.
Busca garantía.
No solo desea amor.
Desea certeza.
Y la certeza absoluta no existe en los vínculos humanos.
Entonces aparece un fenómeno profundamente doloroso:
la relación deja de ser un encuentro entre dos personas y se convierte en un intento inconsciente de calmar una herida interna.
La otra persona deja de ser “compañero” y pasa a ocupar el rol de “estabilizador emocional”.
El problema no es que el otro falle.
El problema es que, al fallar —algo inevitable—, se derrumba una expectativa que nunca fue realista.
La decepción no surge por lo que ocurrió.
Surge por lo que se esperaba que jamás ocurriera.
Seguridad real vs. seguridad imaginaria
Existe una diferencia radical entre la seguridad emocional madura y la fantasía de seguridad.
La fantasía dice:
“Si me quisieras de verdad, nunca me harías sentir así.”
La seguridad real responde:
“Si me haces sentir así, podremos hablarlo, entendernos y repararlo.”
La fantasía busca ausencia de conflicto.
La seguridad madura busca capacidad de atravesarlo.
Una relación emocionalmente segura no elimina discusiones, desacuerdos o errores.
Elimina el terror a no poder superarlos.
No se trata de evitar la herida.
Se trata de confiar en la reparación.
La decepción como portal de crecimiento
Pocas experiencias duelen tanto como descubrir que alguien no puede darte lo que imaginabas.
Pero dentro de esa decepción hay una puerta que casi nadie se atreve a abrir.
Esa puerta plantea preguntas incómodas, pero liberadoras:
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¿Qué esperaba que el otro resolviera por mí?
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¿Qué parte de mi historia sigo intentando sanar a través de esta relación?
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¿Estoy buscando compañía… o salvación emocional?
Muchos interpretan este momento como fracaso.
En realidad, puede ser el inicio de una transformación profunda.
Porque la seguridad emocional no se encuentra.
Se construye.
Primero dentro.
Después fuera.
No estás roto. Estás aprendiendo
Sentir miedo a perder, necesidad de confirmación o inseguridad no te convierte en una persona difícil.
Te convierte en humano.
Muchas formas de amar nacen de historias donde hubo ausencia, incertidumbre o carencia emocional.
No es un defecto.
Es aprendizaje emocional inacabado.
Y todo aprendizaje puede reescribirse.
No se trata de dejar de necesitar al otro.
Se trata de dejar de exigir perfección a alguien que también está lidiando con sus propios miedos, límites y procesos internos.
Amar no es eliminar la necesidad.
Es integrar la autonomía.
El verdadero punto de inflexión
La verdadera seguridad no es que nadie te falle jamás.
La verdadera seguridad es saber que, incluso cuando alguien no pueda estar, tú sigues estando contigo.
Cuando dos personas que han aprendido a sostenerse se encuentran, no se fusionan para no caer.
Se acompañan para crecer.
Y ahí el vínculo deja de ser una estrategia de supervivencia emocional
para convertirse en un espacio de evolución compartida.
Quizá, si estas palabras han despertado algo dentro de ti, no sea coincidencia.
Tal vez sea el momento de observar tus vínculos con otros ojos…
y de comprender que la relación más determinante de tu vida no es la que mantienes con otra persona,
sino la que mantienes contigo mismo.
Ignacio Parra
Psicólogo y Psicoterapeuta
Experto en Trauma y Relaciones
N.º de colegiado 23.109

