Cuando necesitas ser mejor que tu pareja, quizá no estés compitiendo con ella…

Hay algo que ocurre en algunas relaciones y que no siempre resulta fácil de reconocer.

Puedes querer profundamente a tu pareja, alegrarte de sus logros y desear sinceramente que le vaya bien y, aun así, descubrir que hay momentos en los que necesitas sentir que sabes más, que eres más fuerte, que tienes más éxito, que estás más trabajado emocionalmente o que, de alguna manera, ocupas una posición ligeramente superior.

No siempre es algo evidente. A veces aparece como una pequeña incomodidad cuando tu pareja destaca, cuando recibe reconocimiento, cuando consigue algo que tú todavía no has conseguido o simplemente cuando parece desenvolverse con más seguridad que tú en algún aspecto de la vida.

Y entonces puede empezar la comparación.

Tal vez el problema no sea que quieras ser mejor que tu pareja.

Tal vez estés intentando no sentirte inferior a ella.

Cuando la competitividad esconde algo más profundo

Detrás de algunas formas de competitividad en la pareja puede existir una experiencia bastante más íntima: la vergüenza.

No me refiero a sentir vergüenza porque hayas hecho algo ridículo o porque alguien te haya visto equivocarte. Hablo de una sensación más profunda, relacionada con la percepción de que hay algo en ti que no es suficientemente bueno, valioso o digno de ser amado.

Esa experiencia no siempre aparece en forma de pensamientos claros. A veces vive como una sensación de fondo: “No soy suficiente”, “los demás tienen algo que yo no tengo”, “si me conoce realmente quizá deje de quererme” o “tengo que demostrar constantemente que valgo”.

Cuando esto ocurre, una relación de pareja puede convertirse, sin que apenas nos demos cuenta, en algo más que un lugar donde amar y ser amados. Puede transformarse también en un escenario donde intentamos demostrar nuestro propio valor.

Y ahí empieza el desgaste.

Porque si una parte de mí sospecha que no es suficientemente valiosa, probablemente buscará maneras de compensarlo. Puede aparecer una gran autoexigencia, la necesidad de destacar, de tener razón, de ser especialmente competente, atractivo, interesante o emocionalmente fuerte.

Desde fuera puede parecer ambición o perfeccionismo. Incluso podemos sentirnos orgullosos de ello.

Pero por dentro quizá esté ocurriendo otra cosa.

No estás intentando solamente alcanzar algo. También puedes estar intentando escapar de la sensación de no ser suficiente.

Nuestro sistema nervioso aprende muy pronto este tipo de estrategias. Si sentirnos pequeños, vulnerables o insuficientes resultó doloroso en algún momento de nuestra historia, es comprensible que intentemos alejarnos de esas sensaciones.

Y una de las formas de hacerlo es esforzándonos continuamente por convertirnos en alguien que nunca pueda ser cuestionado.

Cuando el brillo de tu pareja toca tu propia herida

Aquí aparece una paradoja difícil de reconocer.

A veces aquello que admiramos de nuestra pareja es también aquello que más amenaza nuestra propia sensación de valor.

Tu pareja consigue algo y una parte de ti se alegra.

Pero otra parte se compara.

Tu pareja recibe un reconocimiento y algo dentro de ti se contrae.

Tu pareja muestra seguridad, inteligencia o capacidad y, sin quererlo, puede activar en ti una antigua sensación de pequeñez.

Entonces ocurre algo muy humano: intentamos recuperar nuestro equilibrio.

Quizá contemos rápidamente algo que nosotros hacemos mejor. Quizá minimicemos aquello que la otra persona ha conseguido. Quizá encontremos un defecto. Quizá necesitemos demostrar que sabemos más.

No necesariamente porque queramos hacer daño a nuestra pareja.

A veces simplemente estamos intentando protegernos de una emoción que todavía no sabemos sostener.

El brillo del otro puede iluminar lugares internos que llevábamos mucho tiempo intentando mantener en la sombra.

Hay otra forma de competir que todavía cuesta más reconocer

Existe además un mecanismo más sutil.

Cuando hay algo de nosotros mismos que rechazamos profundamente, podemos intentar convertirnos precisamente en lo contrario.

Si me avergüenza sentirme inseguro, quizá construya una identidad basada en parecer muy seguro. Si rechazo mi dependencia, puedo intentar ser absolutamente autosuficiente. Si temo parecer débil, intentaré mostrarme fuerte. Si me cuesta aceptar que no sé algo, puedo convertirme en la persona que siempre necesita tener la respuesta.

Durante un tiempo esto puede funcionar.

Hasta que aparece alguien que expresa con naturalidad aquello que nosotros hemos tenido que expulsar de nuestra identidad.

Y muchas veces esa persona es nuestra pareja.

Entonces ciertas características del otro pueden empezar a irritarnos especialmente.

“Es demasiado inseguro.”

“Es demasiado sensible.”

“No tiene suficiente ambición.”

“Necesita demasiado a los demás.”

“Yo jamás reaccionaría de esa manera.”

Lo interesante es que aquello que más juzgamos en nuestra pareja a veces está conectado con algo que nosotros mismos aprendimos a rechazar.

Al colocar esa característica fuera de nosotros podemos sentir durante unos instantes cierta tranquilidad: “Yo no soy eso”.

Y, de alguna manera, recuperamos una posición de superioridad.

Pero esa superioridad suele ser frágil.

Porque seguimos necesitando compararnos para sentir nuestro propio valor.

Sentirse superior y sentirse inferior quizá no estén tan lejos

A primera vista parecen experiencias completamente opuestas.

En una me siento menos que tú. En la otra me siento más.

Sin embargo, ambas pueden formar parte del mismo sistema psicológico porque las dos necesitan una comparación constante.

Arriba o abajo.

Mejor o peor.

Más valioso o menos valioso.

Y mientras vivimos dentro de esa escala resulta muy difícil encontrarnos verdaderamente con la otra persona.

Porque seguimos intentando responder a una pregunta silenciosa:

“¿Cuánto valgo en comparación contigo?”

Pero debajo de esa pregunta suele esconderse otra mucho más dolorosa:

“¿Soy suficientemente valioso para que alguien me quiera tal como soy?”

Ahí la competitividad deja de ser simplemente un problema de pareja.

Se convierte en una puerta hacia nuestra propia historia.

El amor suele tocar precisamente aquello que intentamos esconder

Las relaciones íntimas tienen una capacidad extraordinaria para despertar heridas que parecían dormidas.

No necesariamente porque nuestra pareja las haya creado.

Muchas veces ocurre precisamente porque esa persona nos importa.

La opinión de alguien desconocido puede afectarnos relativamente poco. Pero cuando sentimos que está en juego el amor de una persona significativa, nuestras defensas pueden activarse con mucha más intensidad.

Queremos que alguien nos conozca profundamente y, al mismo tiempo, podemos sentir miedo de que lo haga.

Queremos descansar en el amor, pero seguimos comportándonos como si tuviéramos que ganárnoslo.

Queremos confiar en que nos van a elegir y, sin embargo, una parte de nosotros permanece vigilante por si aparece alguien mejor.

Aquí puede aparecer también el apego ansioso.

No solamente como el miedo evidente a que nuestra pareja se marche, sino como una vigilancia constante acerca de nuestro propio valor dentro de la relación.

“¿Sigo siendo suficiente?”

“¿Me sigue deseando?”

“¿Soy suficientemente importante?”

“¿Qué ocurriría si conociera a alguien mejor que yo?”

En ese contexto, competir deja de ser simplemente una necesidad de ganar.

Puede convertirse en un intento de asegurar el vínculo.

El problema es que aquello que intentamos esconder termina apareciendo entre nosotros

Aquí surge una de las paradojas más dolorosas de las relaciones.

Intentamos ocultar nuestra inseguridad para no ser rechazados.

Pero para esconderla necesitamos parecer fuertes.

Para parecer fuertes dejamos de mostrar nuestra vulnerabilidad.

Para proteger nuestra autoestima empezamos a defendernos.

Para no sentirnos inferiores empezamos a compararnos.

Para no entrar en contacto con nuestra vergüenza empezamos a juzgar.

Y finalmente nuestra pareja deja de encontrarse con nosotros.

Empieza a encontrarse con nuestras defensas.

Por eso algunas personas pueden pasar años intentando solucionar el conflicto únicamente desde la superficie: intentando discutir menos, controlar los celos, dejar de compararse o comunicarse mejor.

Todo eso puede ser importante.

Pero a veces seguimos intentando cambiar las ramas mientras la raíz permanece intacta.

Porque quizá el problema no empezó cuando comenzaste a competir con tu pareja.

Tal vez empezó mucho antes.

Quizá hubo un momento de tu historia en el que aprendiste que para ser querido tenías que demostrar algo.

Ser fuerte.

Ser bueno.

Ser útil.

No molestar.

No equivocarte.

Destacar.

Controlarte.

Convertirte en alguien que mereciera ser elegido.

Y aquello que en algún momento te ayudó a protegerte puede seguir funcionando años después, incluso cuando ya no lo necesitas.

Comprenderlo no siempre basta

Hay personas que llegan a terapia y dicen:

“Sé perfectamente lo que me pasa.”

Y muchas veces es verdad.

Lo han pensado, lo han leído y pueden explicar perfectamente de dónde viene.

Pero comprender intelectualmente una herida no significa necesariamente que podamos relacionarnos de otra manera con ella.

Porque muchas de estas estrategias no son solamente ideas.

Se han convertido en formas profundamente aprendidas de protegernos.

Aparecen antes de que podamos pensarlas.

En una mirada.

En una discusión.

En una comparación.

En el impulso de defendernos.

En aquello que nos molesta del otro.

En la necesidad repentina de demostrar quién somos.

Por eso quizá la pregunta más interesante no sea:

“¿Cómo puedo dejar de competir con mi pareja?”

Tal vez exista una pregunta mucho más profunda:

¿Qué parte de mí necesita ganar para no volver a sentirse pequeña?

Y cuando empezamos a acercarnos de verdad a esa pregunta, podemos encontrarnos con lugares internos que llevamos muchos años evitando.

Llevo años acompañando procesos terapéuticos en los que exploramos precisamente estos espacios: aquello que aprendimos a esconder, las partes de nosotros que todavía creemos que debemos corregir para ser amados y las estrategias que construimos para sentirnos suficientemente valiosos dentro de nuestras relaciones.

Si mientras leías este artículo has pensado en tu pareja, en alguna relación pasada o incluso en una forma de relacionarte que se repite una y otra vez, quizá haya algo ahí que merezca ser mirado con más profundidad.

No necesariamente para eliminarlo.

Primero para entender qué está intentando proteger.

Si quieres explorar conmigo ese lugar en terapia, puedes escribirme.

Porque quizá el verdadero trabajo no sea aprender a dejar de competir con tu pareja.

Quizá sea descubrir por qué una parte de ti todavía siente que, para merecer amor, tiene que ganar.

Y si esta idea te ha removido más de lo que esperabas, quizá no necesites seguir buscando otra explicación en internet. Quizá haya llegado el momento de mirar qué ocurre específicamente en tu historia, en tu cuerpo y en tu manera de vincularte.

Eso es precisamente lo que podemos explorar juntos en consulta.

Porque hay heridas que podemos entender leyendo.

Y hay otras que solo empiezan a transformarse cuando dejamos de atravesarlas solos.

 

Ignacio Parra

Psicólogo y Psicoterapeuta experto en trauma y relaciones de apego

Colegiado Nº23109

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *