¿Por qué a veces, incluso estando con alguien que nos quiere, volvemos a sentir esa soledad que creíamos haber dejado atrás?
Hay algo que ocurre en muchas relaciones de pareja y que no siempre resulta fácil de reconocer.
Conocemos a alguien. Nos enamoramos. Sentimos que, por fin, hemos encontrado a esa persona que nos mira como necesitábamos ser mirados, que nos abraza como deseábamos ser abrazados y que nos hace sentir importantes, queridos, elegidos.
Y algo dentro de nosotros descansa.
Quizá llevábamos mucho tiempo esperando esa sensación. Tal vez incluso desde la infancia, aunque nunca lo hayamos pensado de esa manera.
Por fin sentimos que tenemos un lugar en la vida de alguien. Que pertenecemos.
Que ya no estamos tan solos.
Y durante un tiempo puede ser maravilloso. Pero entonces ocurre algo desconcertante.
Pasan dos años, tres, cinco… No importa demasiado cuánto tiempo.
Aquella sensación de plenitud comienza a debilitarse. Algo que parecía resuelto vuelve a aparecer. Regresa una inquietud difícil de explicar, una insatisfacción, una especie de vacío que creíamos haber dejado atrás.
Y empezamos a mirar de nuevo hacia nuestra pareja.
Quizá ya no es tan cariñosa como antes. Quizá no nos presta suficiente atención. Quizá necesitamos que nos abrace más, que nos escuche mejor, que tenga más iniciativa, que nos desee, que nos haga sentir especiales.
Y puede que algunas de esas necesidades sean completamente legítimas. Pero también merece la pena hacernos una pregunta incómoda:
¿Y si no fuera únicamente que nuestra pareja ha dejado de darnos algo, sino que ha vuelto a despertarse un vacío que ya existía antes de conocerla?
Cuando confundimos el amor con la sensación de estar completos
A veces llegamos a una relación con un anhelo muy profundo.
No buscamos solamente compartir nuestra vida con alguien. Buscamos, sin saberlo, que esa persona nos ayude a sentir algo que nos ha faltado durante mucho tiempo.
Sentirnos suficientemente valiosos. Sentirnos elegidos.
Sentir que no vamos a ser abandonados.
Sentir que podemos descansar en el amor sin tener que demostrar constantemente que lo merecemos.
A esta experiencia profunda me gusta llamarla pertenencia afectiva.
No me refiero simplemente a tener pareja, amigos o personas que nos quieran.
Me refiero a algo más íntimo: la sensación de tener un lugar en el mundo, de poder existir tal y como somos, sin vivir permanentemente pendientes de que alguien nos confirme nuestro valor.
Cuando esa pertenencia no está suficientemente asentada en nosotros, podemos intentar encontrarla una y otra vez en la mirada del otro.
Y, por supuesto, el amor de nuestra pareja puede ayudarnos muchísimo. Los vínculos amorosos pueden ofrecernos seguridad, reconocimiento y experiencias profundamente reparadoras.
El problema aparece cuando esperamos que la otra persona se convierta en la única fuente de esa seguridad.
Porque entonces dejamos de pedir solamente amor.
Empezamos a pedirle al otro que nos libere de una soledad que no nació en esa relación.
¿Por qué vuelve el vacío cuando ya hemos encontrado el amor?
Al principio de una relación hay muchas experiencias que pueden hacernos sentir especialmente conectados.
La novedad, la atención, el deseo, las conversaciones interminables, los pequeños gestos, la sensación de ser alguien extraordinario para otra persona.
Todo eso puede generar un bienestar real. Pero las relaciones evolucionan.
La intensidad inicial se transforma. Aparecen las rutinas, las diferencias, las responsabilidades, el cansancio y las inevitables limitaciones humanas.
Nuestra pareja deja de estar tan pendiente de nosotros en algunos momentos. No siempre adivina lo que necesitamos. A veces quiere estar sola. Otras veces tiene preocupaciones que no tienen nada que ver con nosotros.
Y entonces puede despertarse una sensación antigua.
No necesariamente porque el amor haya desaparecido, sino porque la relación ya no consigue mantener constantemente aquella experiencia inicial de seguridad.
Lo que antes parecía suficiente empieza a parecernos poco. Y aparece una nueva exigencia.
Necesito que me quieras de otra manera. Necesito que seas más atento.
Necesito que me demuestres que sigo siendo importante. Necesito que vuelvas a hacerme sentir como al principio.
Sin darnos cuenta, podemos empezar a perseguir aquella sensación que tuvimos cuando nos enamoramos.
Pero quizá lo que realmente añoramos no es solamente cómo era nuestra pareja.
Quizá añoramos cómo nos sentíamos nosotros cuando creíamos que, por fin, alguien había conseguido llenar nuestro vacío.
Cuando el amor se convierte en una exigencia
Este es uno de los lugares más delicados de una relación.
Porque cuando sentimos que nuestra tranquilidad depende de lo que haga el otro, podemos empezar a exigirle que se comporte de una manera muy concreta.
Queremos que nos abrace, pero no porque se lo pidamos.
Queremos que nos diga que nos quiere, pero que le salga espontáneamente. Queremos que nos busque, que nos elija, que nos tenga presentes.
Y cuando no lo hace, sentimos dolor, frustración o incluso rechazo. Entonces insistimos.
Explicamos lo que necesitamos. Discutimos. Nos enfadamos. Nos alejamos para ver si nos busca. O intentamos hacerle comprender lo importante que es para nosotros que cambie.
A veces nuestra pareja escucha y trata de adaptarse.
Empieza a estar más pendiente. Nos abraza más. Nos pregunta cómo estamos. Hace esfuerzos por ofrecernos aquello que le pedimos.
Y durante un tiempo volvemos a sentir alivio. Pero puede suceder algo paradójico.
Un día comenzamos a notar que esos gestos ya no nos llegan de la misma manera. Porque ahora sabemos que los hace porque se lo hemos pedido.
Y aparece una nueva duda:
¿Me está abrazando porque realmente le nace o porque sabe que, si no lo hace, me voy a sentir mal?
Así podemos entrar en una dinámica dolorosa para ambos. Una persona siente que nunca recibe suficiente amor.
La otra siente que, haga lo que haga, nunca consigue acertar.
Y poco a poco, lo que antes era un gesto espontáneo de cariño puede empezar a vivirse como una obligación.
Cuando el amor se convierte en una tarea que hay que cumplir perfectamente, corre el riesgo de perder parte de su espontaneidad.
No porque pedir afecto sea incorrecto. En una relación sana necesitamos poder expresar nuestras necesidades, negociar diferencias y cuidarnos mutuamente.
Pero hay una diferencia importante entre compartir una necesidad y hacer responsable al otro de resolver continuamente nuestro malestar interior.
El otro no puede convertirse en el responsable de nuestra plenitud
Hay algo profundamente humano en desear que nos quieran.
Necesitamos vínculos. Necesitamos contacto. Necesitamos sentirnos reconocidos.
No somos seres autosuficientes que deban aprender a vivir sin necesitar a nadie. Sin embargo, también hay un límite que conviene reconocer.
Nuestra pareja puede acompañarnos cuando sentimos miedo, pero no puede garantizar que nunca volvamos a sentirlo.
Puede demostrarnos que nos quiere, pero no puede impedir que, en determinados momentos, dudemos de nuestro propio valor.
Puede ofrecernos presencia, pero no puede estar disponible en cada instante en que aparece nuestra sensación de soledad.
Y puede elegirnos cada día, pero no puede sustituir por completo nuestra propia experiencia de sentir que tenemos derecho a existir, a ocupar un lugar y a ser queridos.
Esto no significa que debamos resignarnos a relaciones frías, distantes o carentes de afecto.
A veces el problema está realmente en una relación donde no hay suficiente cuidado, reciprocidad o disponibilidad emocional.
Pero otras veces, incluso cuando existe amor, seguimos sintiendo una carencia difícil de satisfacer.
Y ahí es donde necesitamos mirar con honestidad.
Porque ninguna persona, por mucho que nos quiera, puede convertirse en la garantía permanente de que nunca volveremos a sentirnos incompletos.
La pertenencia afectiva: ese lugar profundo que necesita ser mirado
Quizá la pregunta no sea solamente cuánto amor estamos recibiendo.
Quizá también necesitemos preguntarnos qué ocurre dentro de nosotros cuando ese amor no llega exactamente como esperamos.
¿Qué siento cuando mi pareja no me busca?
¿Qué ocurre en mi cuerpo cuando no recibo el abrazo que deseaba?
¿Qué aparece cuando el otro necesita espacio?
¿Es simplemente tristeza? ¿Es enfado? ¿Es miedo? ¿Es una sensación de abandono? ¿Es la impresión de que dejo de importar?
A veces, si permanecemos un momento con esa experiencia, sin apresurarnos a exigir que desaparezca, descubrimos algo sorprendente.
La intensidad de lo que sentimos parece ir mucho más allá de lo que acaba de ocurrir. Una pequeña distancia puede vivirse como un abandono inmenso.
Una falta de atención puede despertar una sensación profunda de no ser importante.
Un gesto de indiferencia puede hacernos sentir que no tenemos lugar en la vida de nadie.
Y quizá esa vivencia nos resulte extrañamente familiar.
No porque necesariamente recordemos una historia concreta, sino porque nuestro cuerpo parece conocer ya ese lugar.
En ocasiones, estas experiencias tienen relación con formas de vincularnos que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra vida. Otras veces intervienen circunstancias actuales, pérdidas, inseguridades o necesidades relacionales que no están siendo atendidas.
No necesitamos encontrar inmediatamente una explicación.
Podemos empezar por algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo.
Reconocer lo que está ocurriendo dentro de nosotros sin convertir automáticamente al otro en el responsable de hacerlo desaparecer.
Dejar de exigir fuera para empezar a mirar dentro
Mirar hacia dentro no significa dejar de pedir lo que necesitamos. Tampoco significa aceptar cualquier comportamiento de nuestra pareja.
Significa aprender a distinguir entre dos experiencias que a veces confundimos. Una cosa es necesitar más cercanía, comunicación o afecto dentro de una relación.
Otra es necesitar que la otra persona nos confirme constantemente que somos dignos de amor.
La primera puede abordarse mediante el diálogo, los acuerdos y el cuidado mutuo. La segunda quizá nos esté invitando a un trabajo más profundo.
Un trabajo que no consiste en convencernos mentalmente de que valemos mucho, ni en repetirnos frases positivas delante del espejo.
Consiste en aprender a reconocer y sostener aquello que sentimos cuando parece que el amor del otro no llega.
Acercarnos a esa parte de nosotros que se asusta. Escuchar lo que necesita.
Reconocer su historia, si la tiene.
Y descubrir, poco a poco, que podemos relacionarnos con nuestra vulnerabilidad de una manera diferente.
En ocasiones, este proceso también transforma nuestra manera de amar.
Porque cuando dejamos de exigirle al otro que nos rescate continuamente de nuestro vacío, podemos empezar a verlo con mayor claridad.
Como una persona real.
Con sus límites, sus necesidades, sus contradicciones y su propia forma de expresar cariño.
Ya no necesitamos que cada gesto suyo confirme nuestro valor. Podemos disfrutar de su amor sin convertirlo en un examen permanente.
Y también podemos reconocer con mayor libertad cuándo una relación realmente no nos ofrece lo que necesitamos.
Quizá no necesitas que te quieran más, sino descubrir qué ocurre cuando te quieren
Hay personas que pasan de una relación a otra buscando esa sensación de plenitud.
Otras permanecen durante años en la misma relación, intentando que su pareja cambie lo suficiente como para recuperar lo que sintieron al principio.
Y algunas llegan a pensar que quizá todavía no han encontrado a la persona adecuada. En ocasiones, efectivamente, necesitamos una relación diferente.
Pero otras veces cambiamos de pareja y, después de un tiempo, vuelve a aparecer una experiencia muy parecida.
El mismo vacío.
La misma inquietud.
La misma necesidad de que alguien nos haga sentir completos. Quizá entonces merece la pena detenernos y preguntarnos:
¿Qué es exactamente lo que estoy esperando recibir?
¿Desde cuándo conozco esta sensación?
¿Qué parte de mí parece quedarse sin suelo cuando el otro no responde como necesito?
No se trata de encontrar culpables, ni dentro ni fuera.
Se trata de empezar a mirar un lugar que quizá lleva mucho tiempo esperando nuestra atención.
Porque puede que el camino no consista en encontrar a alguien capaz de amarnos perfectamente.
Puede que consista en aprender a habitar esos lugares de nosotros mismos que, hasta ahora, solo sabíamos mirar a través de los ojos de otra persona.
Cuando el vacío se repite, quizá ha llegado el momento de escucharlo
Si te reconoces en estas palabras, quizá llevas tiempo intentando resolver algo dentro de tu relación que no termina de resolverse.
Tal vez has hablado muchas veces con tu pareja. Has explicado lo que necesitas. Has intentado cambiar, comprender, esperar o exigir menos.
Y, sin embargo, hay algo que sigue apareciendo.
En mi trabajo como psicólogo me interesa especialmente explorar esos lugares que no siempre podemos comprender únicamente desde las palabras.
Lo que sentimos en el cuerpo, las emociones que se despiertan en nuestras relaciones y las formas en que hemos aprendido a buscar seguridad y pertenencia.
No para dejar de necesitar amor.
Sino para que nuestra necesidad de amor no se convierta en una fuente constante de sufrimiento.
Quizá llevas mucho tiempo preguntándote por qué tu pareja no consigue darte lo que necesitas.
¿Y si empezáramos a preguntarnos qué parte de ti sigue esperando algo que nadie ha conseguido darle del todo?
Si sientes que esta pregunta tiene algo que ver contigo, podemos empezar a explorarla juntos en terapia.
No necesitas tener todas las respuestas para comenzar.
A veces, el primer paso es simplemente atreverte a mirar aquello de lo que llevas tanto tiempo intentando escapar.
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Ignacio Parra
Psicólogo y Psicoterapeuta experto en trauma y relaciones de apego
Colegiado Nº23109

