Vergüenza y culpa: ¿Enemigos o Aliados?

La vergüenza y la culpa suelen ser un tema recurrente en mi consulta de psicólogo en Majadahonda. Si hay algo que hace difícil el trabajo con estos sentimientos es el carácter ambivalente que adquieren en la persona. Por un lado generan sensaciones desagradables, por otro lado la persona tiende a albergar la creencia de que es correcto tener estos sentimientos de vez en cuando.

Al ser un tema un poco confuso quería hacer este breve escrito para expresar mi visión en la gestión de la culpa y la vergüenza. Expongo a continuación las diferencias entre ellas:

LA VERGÜENZA:
La vergüenza suele tener sus orígenes en las críticas recibidas por figuras de autoridad durante la época de la infancia. Frases como “eres un niño malo”, “eres un egoísta” tienen un impacto muy fuerte en la psique del niño en los primeros años de vida.
Cuando el juicio es personalizado sobre la figura del niño (y no sobre su comportamiento) genera en él un sentimiento de “SOY inadecuado”. Cuando este sentimiento se reitera repetidas veces va creando una herida en el núcleo de su identidad; El niño aprende que algo dentro de su interior no está bien y debe ser ocultado.
Más adelante en la vida adulta cuando la persona reexperimenta una crítica similar a la que tuvo de pequeño volverá a revivir el sentimiento de vergüenza y de no sentirse digno. La persona se siente incapaz de cuestionar la crítica, al igual que no se cuestionaría a la figura paterna siendo un infante.
El problema y la dificultad de tratar la vergüenza es que esta archivada en los estratos más profundos de la conciencia. Es un sentimiento tan antiguo que la persona lo normaliza y no llega a darse cuenta del verdadero origen de su malestar.
Muchos de los comportamientos de la persona podrían a veces encubrir sentimientos de vergüenza: ser muy bueno para los demás, tener mucho éxito en la vida o tratar de ser perfecto en todo podrían ser muestras de ello. De forma latente la persona trata de luchar contra su sentimiento de no sentirse digno. Sin embargo la vergüenza suele ser resistente a esta estrategia. Si bien cuando la persona tiene éxito la vergüenza remite su fuerza, en cuanto la persona comete un error o fracasa vuelve a reactivarse con intensidad.
Desgraciadamente desde un plano mental es más difícil desactivar la vergüenza ya que está obedece y cumple con la valoración que le dio la autoridad paternal. Si la autoridad paternal le dijo: “Eres un desastre” la persona en su edad adulta puede hacer muchas cosas para no sentirse un desastre sin embargo inconscientemente podría sentir vergüenza por estar “desobedeciendo” el mandato paternal y boicotear sus estrategias de recuperar su dignidad.
Para abordar la vergüenza es necesario trabajar estos creencias profundas con las que la persona se identificó de pequeño.

LA CULPA
En este caso distingo entre dos tipos de culpa en función del origen de esta.

LA CULPA OBSESIVA:
Este sentimiento está muy vinculado a la vergüenza. La persona en su afán de librarse de su sentimiento de vergüenza trata de reparar su malestar a través de la culpa
La culpa suele ir asociada a un carácter perfeccionista. La persona vuelve una y otra vez a un evento pasado sintiéndose mal por lo sucedido. En algunos casos influenciado por la cultura religiosa la persona puede utilizar la culpa como un mecanismo de expiación de los “pecados”. En el trasfondo de su subconsciente la persona alberga un sentimiento de que sentir una dosis moderada de culpa es una “mortificación” correcta y necesaria. Y no solo eso, sino que a través de su auto castigo alberga una esperanza de que se le recompense positivamente.
Esta dinámica puede alimentar los sentimientos internos de culpa como una forma de control ante las dificultades y miedos de la vida. La culpa en este sentido aporta a la persona una sensación de protección ante la vida si sufre un poco por anticipado. Metafóricamente la persona se “inyecta” una dosis de culpa, como si de una vacuna se tratara para que no le sucedan males mayores. Este circuito está abocado a vivir siempre con dosis de miedo y de culpa (aunque con el beneficio indirecto de sentirse más seguro).

LA CULPA ESTIMULADORA:
Aquí hablamos de un sentimiento completamente diferente, en tanto que puede servir de plataforma de aprendizaje y superación para la persona. En este caso la culpa tiene su origen en una incoherencia con los valores propios. La culpa ejerce una función de revisión personal ante aquellos límites propios que no se están cumpliendo. La diferencia principal con la vergüenza y la culpa es que está sustentada en una decisión consciente de la persona y no sujeta a las expectativas de otros.
Desde esta posición la persona ejerce una responsabilidad sobre aquello de lo que quiere hacerse cargo. La culpa estimuladora funciona así como un sistema de alerta que permite a la persona recular sus acciones para reajustarlas a sus valores y necesidades.
Como resultado de ello la persona puede aprender a cuidar aquello que más le importa y servir como estímulo para hacer construir su relación con el mundo y con los demás.

Ignacio Parra Viudes.
Psicólogo y Psicoterapeuta Gestalt. Nº Colegiado 23109
www.psicologomajadahonda.net

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